lunes 9 de noviembre de 2009

VÉRTIGO


Estuve un buen rato dándole vueltas al mensaje de texto que iba a enviarla. Quería elegir, una a una, con mucho cuidado, cada palabra que luego ella tendría ocasión de leer. Deseaba desesperadamente que tanto las frases como el tono e incluso el uso de los signos ortográficos fueran fieles a mi particular estado de ánimo. No se si ya se habrán dado cuenta pero yo lo único que pretendía era enamorarla. Quería que mis palabras acompañaran suavemente el recuerdo de la noche anterior y fueran poco a poco dominando los resortes de las emociones dentro su cerebro. Si consigo que piense en mi, siquiera un instante, el resto de su cuerpo gravitará hacia mi casi sin remedio. Por eso no valía cualquier mensaje. Tenía que ser uno que me ayudara en mis propósitos, que obrara ese milagro imposible, sí, casi lo adivinan, mi piel junto a la suya.  

Estaba convencido de que podría conseguir todo eso y algo más sin que se notara apenas que había estado más de una hora pensando un mensaje de un par de frases. La confianza en mi mismo parecía descorcharse por las cicatrices de mi cuerpo. En un momento dado, me di cuenta de que estaba prolongando artificialmente esta sencilla tarea simplemente porque me proporcionaba una deliciosa excusa para revivir en mi cerebro los detalles insignificantes que habían convertido la noche pasada en inolvidable.

De pronto, volví a contemplar absorto cómo se achinaban sus ojos y se arqueaba su espalda al reírse a carcajadas de mis chistes tontos. Recordé los minutos absurdos en que ella se había ido al servicio y yo me quedé apoyado en la barra jugando por un palillo y un grano de azúcar mientras pensaba en los próximos temas de conversación con los que iba a buscar de nuevo su risa cómplice, la suave promesa de sus caricias. Regresé fugazmente al instante en que fingí no darme cuenta de la mirada de envidia que nos soltó el camarero por lo evidente que era a ojos de todo el mundo que nos gustábamos y nos estábamos conociendo.

Dejé por un instante el móvil sobre la mesa y me tumbé sobre la cama en un intento de retener mentalmente toda la baraja de recuerdos que tenía sobre ella de la noche anterior. El eco de nuestros pasos retumbó en mis oídos. La estaba acompañando a casa, ella caminaba en silencio, sonriendo, y yo me sentía un caballero, caminando a su lado. Pensé en mi abuelo, a quien nunca llegué a conocer, y en cómo retumbarían sus pasos cuando caminaba junto a mi abuela al acompañarla a casa. Ninguno de los dos quiso romper ese momento de felicidad con una palabra o una risa tonta. Nuestras miradas se encontraron tímidamente varias veces y las yemas de nuestros dedos jugaban entre si. La excusa era que en Madrid en invierno hace mucho frío y es mejor caminar agarrados para darnos mutuamente calor. Darnos mutuamente calor, pensé, ¿será que esta vez he tenido suerte de verdad? El dulce vértigo por el que se deslizaba mi estómago no podía engañarme demasiado. Ya está. Había conseguido enviar el mensaje 

sábado 7 de noviembre de 2009

SEXO ANAL CONTRA EL CAPITAL


Al final, la vida se reduce a eso. A dar por el culo y a que te den por el culo. Activo, pasivo. Activa, pasiva. Dos actitudes radicalmente distintas y que, sin embargo, en algunas personas resulta perfectamente intercambiable, se dan con la misma alegría con la que se dejan dar. 

Por decirlo de una manera directa, en el caballo desbocado de la actualidad, la cuestión será anal o no será de ningún modo. Lo sabe todo el mundo. Lo saben hasta los moros. De hecho, especialmente los moros. Y no seré yo ahora quien descubra que fueron los griegos, siempre una y otra vez los griegos, quienes encontraron en la feliz, otros dirán feroz, sodomía el verdadero placer sexual, dejando el froteo vaginal para la no por fundamental menos engorrosa tarea de procrear.

Lo decía el otro día, medio en broma, medio en serio, un amigo mío gay. Desde que el común de las mujeres ha decidido masivamente dejarse dar por el culo el porcentaje de heterosexuales que potencialmente pueden caer en sus redes por el enigmático morbo de dar o que le den por el culo ha disminuido considerablemente. Y, entonces él, medio en broma, medio en serio, como casi siempre hace todo, al menos cuando está contento o, más bien, quiere, se esfuerza, a veces hasta demasiado, por parecerlo, va diciendo por ahí, en los bares y en las tiendas, por lo bajinis, y otras a voz en grito, esa, esa, esa se deja dar por el culo. Y nos reímos todos, especulando mentalmente con que si esa chica que pasa por la calle efectivamente se dejará dar por el culo por su novio o por quien le corresponda.

Confieso que durante dos semanas mas o menos después de que mi amigo gay me hiciera este comentario sobre las tías que se dejan dar por el culo me he pasado más de una tarde observando a todo tipo de mujeres, altas, guapas, gordas, pequeñas, maduras, midiendo sus patas de gallo cuando se ríen, calculando mentalmente el ángulo que dibujan sus ingles al sentarse en las sillas, tratando de aplicar la trigonometría obtusa a la ciencia inexacta de saber si una determinada chica se ha dejado, se deja o, en un hipotético caso, se dejaría dar por el culo. Y, en algún caso afirmativo, aventurarme a hacer las siempre y hasta cierto punto odiosas comparaciones con los grititos de placer que suelta… Ella cuando… (Esta es la parte del relato que se supone que me tiene que dar, como mínimo, un poco de vergüenza). 

Cómo no, existe una Ella, estaba tardando en aparecer, siempre Ella. Porque hay una eternamente fugaz Ella, de la misma manera que siempre hay un acogedor Nosotros y un ajeno y traidor Ellos. Aunque, y Ella lo sabe, Ella es, en un momento dado, la única importante, porque lo es todo a la vez y, sí, lo han adivinado, Ella se deja…

Pero resulta del todo intrascendente y hasta cierto punto grosero que trate yo aquí de describir a mi Ella, porque lo único importante es saber en que medida, o tal vez debería decir en qué postura, mi Ella se parece a vuestra Ella. 

Dicho sin rodeos, es usted, querido lector, ¿activo o pasivo? Aunque, tal vez y tiene todo el derecho del mundo, pueda sentirse intimidado ante mis preguntas y prefiera hacer oídos sordos a una serie de historias que tienen un mismo denominador comun. La cosa es muy sencilla. Todo se reduce a dar y/o dejarse dar por el culo.       

lunes 26 de octubre de 2009

SÍ, SATÁN SOY YO ¿QUÉ ESPERABAIS?

El joven poeta había de leído a Mallarmé, había leído a Breton, a Francois Villon, y por supuesto, a Rimbaud, y por supuesto, a Baudelaire. Adoraba, como no podía ser de otra forma, a Poe y aún más a Lovecraft y a Arthur Machen. Sin embargo, conocía y despreciaba con toda su arrogante ternura la poesía de Luis Cernuda. El joven poeta odiaba, o fingía odiar, al gran poeta Luis Cernuda, por la simple razón de que algunas tardes de primavera venía a su casa a visitar a su madre y eso lo invalidaba para formar parte de su tétrico panteón. Las tacitas de té y las confidencias a media tarde no casaban con la catacumba siniestra de su imaginación. Aún así le gustaba su compañía, le gustaba la mirada que le dedicaba aquel hombre, le hacía sentir especial. Aunque él ya sabía que era especial, lo intuyó desde la primera vez que fue capaz de elegir, después, sólo se ha dedicado a eso, a elegir a su manera, a vivir “practicando la poesía”, eso era lo único importante y, por supuesto, a repetirlo una y otra vez a quien quisiera escucharlo, aún a riesgo de mancharles la colcha con sus botas llenas de barro. Tal vez por eso su autor favorito es Lacan y su movimiento intelectual predilecto es la anti-psiquiatría, porque exige al lector algo que nunca está en condiciones de ofrecer, su propia alma. La única manera de entender a Lacan es volverse completamente loco o ser un cantamañanas profesional, aunque esto último no es muy recomendable, casi mejor estar loco o pretender serlo, que para el caso es lo mismo. Eso pensaba su hermano, un chico muy guapo con rizos rubios y una extraña mirada melancólica, “mi hermano está loco, vaya plan, ahora todos nuestros juegos estarán vigilados y lo que es peor: sacarán conclusiones”. 

Luego estaba la madre, la pobre madre que era capaz de anticipar el futuro de infortunios de su hijo poeta pero no podía idear ninguna manera de ahorrárselos, siquiera de hacérselos más llevaderos. Y es que si el joven poeta ve a Stalin en el fondo de un bote de azafrán, no hay demonio ni dios que se lo haga quitar de la cabeza, sólo hay una pastilla que obra el milagro. Pero cuando tienen la receta, no les ha llegado el pedido y cuando ha llegado el pedido, han perdido la receta y así hasta el infinito. Los que no tienen pastilla posible son los Guerrilleros de Cristo Rey, esos te cogen por banda y te meten la Santísima Trinidad por donde mejor te quepa. Esa es una de la excusas del joven poeta para volver borracho o drogado a casa, “es para no sentir los golpes, mamá”. Y la madre asiente porque ella misma está anestesiada y también, como todos, necesita un descanso de lo suyo.    

Un día el joven poeta estaba sólo en casa, una casa atestada de libros donde no todo eran primera ediciones de poetas del 27, pero, ciertamente, lo parecían. Una casa que el joven poeta había interiorizado como cárcel porque en ella había aprendido a callarse y cada vez que se acordaba de esas cuatro paredes era como si una soga se le anudara al cuello. 

Su hermano pequeño disimulaba mejor y empezaba a intuir que eso de estar loco no tenía ninguna gracia. De hecho, recordaba el pequeño que la única vez que su hermano, el joven poeta, estuvo realmente gracioso fue un día en el que todos se fueron a nosequé exposición o presentación de un libro y él aprovechó para dibujar una estrella de David con tiza blanca en el salón y sentarse desnudo en medio.

En esto llegaron su madre y su hermano, que, para variar, habían tomado una o dos copas de más. La madre, horrorizada, preguntó al joven poeta ¿pero, hijo mío, qué estas haciendo? Y él, súbitamente cuerdo, contestó: pues no lo ves mamá el ridículo.