domingo, 1 de diciembre de 2024

La caja de pañuelos de mamá

 


Hoy mamá está indispuesta

planea no salir del cuarto

está jugando a que lo de fuera no importa

pero hay un olor que resiste sus pensamientos

ha dejado en el pasillo una caja de pañuelos de Hermés

de seda, comprados en París en un momento que prefiere olvidar

los ha abandonado como si le molestaran los recuerdos felices

o tal vez sea todo lo contrario, con mamá nunca se sabe

habrá que estar al tanto

La misma historia



Esta historia empieza en Sotogrande

o en Puerto Banús

hay mercedacos y lambos en el parking

unas lonchas del quince sobre la mesa de cristal

aspiro la Rocío Jurado

siento cómo la euforia y el aplomo me atrapan

llevo la voz cantante

saboreo cada palabra de mi discurso que luego olvido

estoy rodeado de gente, mis amigos

pero no distingo sus caras

están ahí porque quieren que me calle

para hablar ellos

no les voy a dar el gusto

chasqueó los dedos y pido la cuenta

como si fuera un insulto, un pecado

mi coche parece una cárcel último modelo

sus luces me asustan y me reconfortan a la vez

tomo una carretera al azar

sé que a un lado está la playa

y, al otro, la montaña

algo me dice que acelere y gire bruscamente

sigo en línea recta, parece lo más lógico

si no sabes dónde vas



viernes, 11 de noviembre de 2016

Mediasnoches mordisqueadas




Al principio, teníamos todos los ojos cerrados, formando un círculo en mitad de una superficie de plástico blanca extendida sobre el suelo a modo de gigantesco tablero. Los músculos se iban tensando a medida que alguien, desde fuera, entrelazaba nuestras extremidades, una pierna por aquí, una mano por allá. Las risas nerviosas se disparaban a cada rato, aquel juego nos obligaba a comprimir nuestros cuerpos unos contra los otros, tenía el leotardo, rugoso y húmedo, de una de las gemelas incrustado en la mejilla, alguien me clavaba una rodilla en la espalda, yo aguantaba el castillo humano, porque para entonces ya era mi castillo. Hace apenas unas horas no conocía a ninguno de aquellos niños, pero en aquel momento, estaba dispuesto a defender nuestra efímera amistad por encima de todo, y la mezcla de mi sudor con el de la gemela rubia me infundía una inquebrantable confianza en mí mismo. “Esto no se caerá por mi culpa”, me dije. Nos pidieron silencio a todos. Aguantamos la respiración. Yo sostenía con fuerza el cuerpo de la gemela, ahogando sus risas con una mirada seria e impostada. “La flecha ha marcado el color rojo”, nos dijeron, “Luis, Carolina y Pedro a tienen que mover un pie hacia un punto rojo”. Aquellas palabras nos excitaron a todos, unos porque debían de hacer el consabido movimiento, otros, como la gemela y yo, porque teníamos simplemente que aguantar el tirón, sosteniendo, en un precario equilibrio de jadeos y risitas, lo insostenible. “Ay, ay, ay”, oímos gritar a Carolina mientras caía sobre el tablero, con ella se fueron Luis y Pedro, y de propina, Carlota. Ya sólo quedábamos la gemela y yo, y los brutos de Alberto, Jaime y Víctor, tres hermanos fornidos, noblotes, pero terriblemente obstinados. La lucha sería dura. “La flecha vuelve a girar… ¡azul! Andrés y Esther, al círculo azul”. Al oír mi nombre redoblé el esfuerzo para poder sujetarme a mí mismo y facilitar el movimiento de Esther quien, con dificultades, estirándose poco a poco, logró poner su pié en el punto azul. Los espectadores lo celebraron. “Ahora te toca a ti, Andrés, tú puedes”. Utilicé la rabia que me proporcionaban esos ánimos condescendientes para hacer un último gesto titánico: conseguir mover mi rodilla sin derribar a Esther. Estaba totalmente concentrado en esta delicada operación cuando la contagiosa risa de la gemela empezó paulatinamente a hacer mella en mis fuerzas. De pronto, me vi preso en una carcajada incompatible con el juego. Nos caímos los   dos entre risas ante la atónita mirada de los fornidos hermanos. Sin duda, habíamos perdido, pero no hubo nunca un perdedor más feliz que yo aquella tarde.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Jackpot

Cerezas, peras, campanas
bailan en sus ojos
los colores de la suerte

Otoño

La mampara se estremece
derrapan los charcos
es el 146

sábado, 11 de junio de 2016

EL TRAYECTO






El vagón de metro en hora punta era un hervidero de bisbiseos, miradas de soslayo y comentarios por lo bajini. El objeto de semejante atención no deseada se concentraba en un individuo alto con traje oscuro, impecablemente peinado a raya, con gafas de empollón reconvertido en ejecutivo y parapetado tras las páginas de un diario económico.

No obstante, el detalle que no pasaba inadvertido a los usuarios del transporte público era que al final de sus largas piernas cruzadas no había un brillante y caro calzado italiano como era de prever, sino que en su lugar se alzaban unos estilosos zapatos de mujer, de color rojo y abiertos en la punta, dejando al descubierto unas uñas perfectamente azules.

Al llegar a la concurrida estación de Plaza de España, los nuevos viajeros se encontraron con que el hombre había dejado de leer el periódico y estaba pintándose los labios de carmín con la ayuda de un espejo de mano. Una señora, con varias capas de maquillaje encima y un penetrante olor a pachuli, llevaba un rato observando al hombre y no pudo contenerse. ¡Qué vergüenza!, ¡Qué gentuza hay en el metro! Un grupo de chicos con rastas le afearon su conducta. Señora, que el metro es de todos, y el amor es libre. ¡Sinvergüenzas, invertidos, eso es lo que sois!, dijo la señora bajándose en la parada de Príncipe Pío.

Mientras tanto, el hombre había empezado a darse colorete en las mejillas y poco a poco su cara fue iluminándose con eso que los románticos llaman “el eterno femenino”. Una chica joven, sentada enfrente con su novio, estaba fascinada con el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. ¿No te parece lo mejor que has visto en tu vida, Joaquín? El chico levantó la mirada un segundo de la partida de billar online a la que estaba jugando y dijo: Lago, aquí nos bajamos. Desde luego, hay veces que parece que tienes menos sensibilidad que un boniato, contestó ella al levantarse.

La pareja de chicos jóvenes fue rápidamente sustituida por otra más alegre formada por dos hombres de mediana edad, barbudos y gorditos. Cruzaron una mirada al ver cómo el hombre continuaba con su proceso, en concreto, el difícil trance de ponerse pestañas postizas. Uno de ellos, le miró fijamente y le dijo: Cariño, que bien te sienta el rojo. Por primera vez, el hombre pareció salir de su burbuja para sonrojarse, como un niño pequeño sorprendido en un renuncio. El hombre bajó la mirada y se hizo un silencio incómodo entre ellos. Una voz de mujer acudió en su ayuda: Próxima parada, Casa de Campo, correspondencia con línea 5. El hombre hizo un gesto como de disculpa e introdujo el espejo de mano en su maletín de ejecutivo. Se levantó y tuvo que agarrarse a la barra para no perder el equilibrio, pero enseguida comenzó un decidido taconeo hacia las puertas mecánicas, haciendo caso omiso de las miradas que se agolpaban en su cogote.


El hombre salió del vagón y se sentó en uno de los bancos de granito de la parada. Abrió su maletín y extrajo cuidadosamente una larga peluca pelirroja, estilo valquiria. La contempló de arriba abajo, peinándola suavemente con los dedos antes de colocársela sobre la cabeza. Se miró en el espejo para ajustarse su nueva cabellera y pudo, por fin, contemplar su obra terminada. En su gesto se podía leer la alegría de quien va a encontrarse con el placer, tal y como lo desea.            

jueves, 19 de mayo de 2016

Romance


When the streets
grow lonley
I can find you
anywhere

viernes, 5 de febrero de 2016

UN HOTEL JUNTO AL MAR




Cuando Ricardo decidió retirarse aquel otoño a un hotel junto al mar a escribir su novela lo único que pretendía era poner en orden sus frágiles recuerdos. Ahora que todavía está reciente, se dijo, tomar distancia, escribir como terapia, como si al elegir las palabras estuviera recetándose a sí mismo la posibilidad de olvidar… recordando. Ricardo quiere deshacerse de su pasado de la misma forma en que los familiares esparcen las cenizas de sus muertos, asistido por la solemnidad de estar llevando a cabo una tarea más allá de vida. Sabe que a medida que vaya escribiendo los capítulos de su historia, los protagonistas de sus dramas y alegrías se irán difuminando tras los visillos opacos de su memoria, quedando encerrados para siempre en un código de signos que poco a poco también dejará de tener sentido. Por eso, se resiste a dar por terminada la novela. En el último párrafo de la última cuartilla se pueden leer las siguientes palabras, a modo de haiku. Un hotel junto al mar, los últimos rayos de sol, a solas con la interrogación. Pero eso fue antes de conocer a Alicia, la niña con rizos que le abordó en el pasillo. ¿A que te llamas Ricardo? ¿y a que has venido aquí a olvidar? Sí, contestó Ricardo, ¿cómo lo sabes? Me lo llevas diciendo toda la semana, dijo la niña antes de salir corriendo. Ricardo intentó retener aquel recuerdo pero fue inútil, en su lugar sólo había un mar en calma.

martes, 1 de diciembre de 2015

La casa de pueblo



A la casa de tu pueblo, con los ojos vendados, me llevaste, sin apenas preguntarme el nombre. Me diste de comer matanza y yo imaginaba ríos de sangre bajo los azulejos. Después, mientras golpeaba la madera de tu cuerpo, me susurraste al oído que no estábamos allí para follar sino para ayuntar, como dos animales de cuadra que no tienen pasado ni futuro.  

miércoles, 19 de agosto de 2015

Sisita





Te fuiste hecha un amasijo de huesos, carne y fluidos.



El amor de tus amigos me enseña un camino que vale la pena recorrer.  



Ahora sé que no volveremos a separarnos nunca más.

lunes, 3 de agosto de 2015

Comprar tiempo


Préstame 20 euros

mañana te los devuelvo

tan sólo quería

comprar algo de tiempo

y olvidarme de su glorioso

                                         tic-tac. 


jueves, 9 de julio de 2015

MARIBEL


La roca es su hogar.

En otra vida fue una geisha.

Tiemblan serpientes bajo sus pies inmóviles.

miércoles, 20 de mayo de 2015

SÍ, SATÁN SOY YO, ¿QUÉ ESPERÁBAIS?







El joven poeta había leído a Mallarmé, a Breton, a Francois Villon, y, por supuesto, a Rimbaud, y, por supuesto, a Baudelaire. Amaba, como no podía ser de otra manera, a Lovecraft y, aún más si cabe, a Arthur Machen. Sin embargo, despreciaba con toda su tierna arrogancia la poesía de Luis Cernuda. El joven poeta odiada, o fingía hacerlo, al gran poeta Luis Cernuda por la sencilla razón de que algunas tardes de primavera venía a su casa a visitar a su madre y eso le invalidaba para formar parte de su siniestro panteón. Las tacitas de té y las confidencias a media tarde no casaban con las catacumbas sobrenaturales de su imaginación. Aún así le gustaba su compañía, le gustaba la mirada que le dedicaba aquel hombre, le hacía sentir especial. Aunque él ya sabía que era especial, lo descubrió el primer día que fue capaz de elegir, y desde entonces no se ha dedicado a otra cosa, a elegir a su manera, a vivir “practicando la poesía”, eso es lo único importante y, por supuesto, repetirlo una y otra vez a quien quisiera escucharlo, aún a riesgo de mancharles la colcha con sus botas llenas de barro. 

Por eso su autor favorito es Lacan y su movimiento intelectual la anti-psiquiatría, porque exige al lector algo que nunca está en condiciones de ofrecer: su propia alma. La única manera de entender a Lacan es volverse loco, o ser un cantamañanas profesional, aunque esto último no es muy recomendable, casi es mejor estar loco, o pretender serlo, que para el caso es lo mismo. Eso pensaba su hermano pequeño, un chico muy guapo con rizos rubios y una extraña mirada melancólica, “mi hermano está loco, vaya plan, ahora todos nuestros juegos estarán vigilados, y lo que es peor: sacarán conclusiones”.


Luego estaba la madre, la pobre madre que era capaz de anticipar todo el futuro de infortunios de sus hijos pero no podía idear una manera de ahorrárselos, o siquiera de hacérselos más llevaderos. Porque si el joven poeta ve a Stalin en el fondo de un bote de azafrán, no hay dios ni demonio que consigan hacérselo quitar de la cabeza. Sólo hay una pastilla que obra el milagro, pero cuando tienen la receta, no ha llegado el pedido, y cuando ha llegado el pedido, han perdido la receta, y así hasta el infinito. Los que no tienen pastilla posible son los Guerrilleros de Cristo Rey, esos te cogen por banda y te meten la Santísima Trinidad por donde mejor te quepa. Esa es una de excusas para llegar a casa borracho o drogado a casa, “es para no sentir los golpes, mamá”. Y la madre asiente porque ella misma está anestesiada, y también necesita, como todos, un descanso de lo suyo. 


Un día el joven poeta estaba solo en la casa familiar, una casa atestada de libros en la que no todo eran primeras ediciones de poetas del 27, pero, ciertamente, lo parecían. Una casa que había interiorizado como cárcel porque en ella había aprendido a callarse y cada vez que se acordaba de esas cuatro paredes era como si una soga se le anudara al cuello. 


El hermano pequeño disimulaba mejor y empezaba a darse cuenta que eso de estar loco no tenía nada de divertido. De hecho, recordaba que la única vez que su hermano había estado realmente gracioso en toda su vida de loco fue un día en el que volviendo de nosequé exposición o presentación de un libro, se encontraron al joven poeta, desnudo, en medio de una estrella de David dibujada en el suelo con tiza.


La madre, horrorizada, le preguntó: “Pero, hijo mío, ¿qué haces?”. A lo que él respondió, súbitamente cuerdo, “no lo ves, mamá, el ridículo”.

    

lunes, 11 de mayo de 2015

Tal como nunca fuimos




 




El reloj parado
en la frágil medianoche
marca los minutos del tedio
sobre la cama deshecha.

El libro entreabierto,    
releído una y mil veces,
de Dashiell Hammet, 
habla de un héroe solitario
que miente al decir su nombre.

¿Cuántas noches de insomnio
hacen falta para acallar,
por fin, las voces de esos
otros que nunca fuimos?

En la eterna madrugada
de cristales rotos,
los tonos se solapan,
las palabras se confunden
y hay cierta broma recurrente
que salpica de humor negro
todas las conversaciones.

Más allá de la puerta,
la inercia de las cosas
trabaja incansable
para cubrir de polvo
                                      los recuerdos.